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Instigación y sumisión
Derechos Humanos/ Derecho

Cubamatinal/ El conocido periodista independiente de la Primavera de Cuba, Luis Cino, fue visitado hace varios días por agentes de la policía política. Al preguntarle el por qué de la visita, Luis nos dijo que el motivo fue “alertarlo” de que estaba cometiendo un delito de instigación para delinquir, dado el crecimiento que se notaba en la zona de su residencia de la actividad opositora. Dicho en otras palabras, que los escritos de Luis eran el incentivo para el crecimiento de la protesta y ello tipificaba un delito que le era imputable.
Por Wilfredo Vallín Almeida
La Habana, 2 de setiembre /PD/Así las cosas, nos dimos a la tarea de explicarle al reportero lo que creímos oportuno que conociera respecto a la figura en cuestión y a ciertos aspectos de la legalidad a tener en cuenta en este caso. De todas maneras, la explicación general que podemos dar con relación a este tópico es esta:
- El delito recogido en el artículo 202 del Código Penal vigente, Instigación a Delinquir, aparece bajo el Título IV, Delitos Contra el Orden Público y expresa literalmente:
202.1. El que; fuera del caso previsto en el inciso c) del artículo 125, incite públicamente a cometer un delito determinado, incurre en sanción de privación de libertad de tres meses a un año o multa de cien a trescientas cuotas.
- 202.2. Si la incitación surte efectos, se impone la sanción correspondiente al delito cometido si éste tiene fijada una sanción mayor a la señalada en el apartado anterior.
- Si la incitación es para incumplir una ley, una disposición legal o una medida adoptada por las autoridades la sanción es de privación de libertad de uno a tres meses o multa hasta cien cuotas.
- En igual sanción a la prevista en el apartado anterior, incurre el que incite al incumplimiento de los deberes ciudadanos relacionados con la defensa de la Patria, la producción o la educación.
No obstante, fíjese que la pragmática jurídica en cuestión comienza diciendo “El que fuera del caso previsto en el inciso c) del artículo 125…” y ese artículo está bajo el Título I, a saber, Delitos Contra la Seguridad del Estado, donde las sanciones no son nada despreciables.
Sin embargo, el problema aquí no es precisamente de lo que la ley dice o no dice. La problemática aquí es otra.
Usted puede pararse en la plaza de Trafalgar, en Londres, en un parque de Ámsterdam o en un boulevard de Nueva York, subirse a un banco y comenzar a barruntar contra la reina o el presidente, contra los colores de la bandera nacional o lo duro de los asientos del metro que lo que más conseguirá es que dos o tres transeúntes se detengan a mirarlo por excéntrico…o por histrión. A nadie se le ocurriría que usted va a deponer al Parlamento, cambiar la bandera nacional o quitarle la corona a la reina porque para que la llamita insignificante de lo que diga una persona pueda incendiar un país, es menester que exista mucho material inflamable acumulado en torno. Allí, ni el M-16, el FBI, la Sureté ni Scotland Yard le visitarán.
La revolución cubana tuvo en sus inicios un apoyo aplastante de la inmensa mayoría de la población. Eso es un hecho irrefutable. Después, con el transcurso del tiempo, lenta, pero crecientemente, ese apoyo fue disminuyendo, atenuándose, perdiéndose, hasta llegar a ser lo que es hoy: la inmensa mayoría votaría en contra si se hiciese un plebiscito con control internacional y garantías de la ONU.
¿Por qué ha resultado así?
Muchos combatientes de la Sierra y el llano, entusiastas milicianos del Escambray y de Girón, internacionalistas de Angola, Etiopía y otros lares, hoy ya no apoyan, y eso está dado por la forma absurda y arbitraria con que se ha dirigido hasta aquí.
La revolución se hizo por el pueblo y para el pueblo, pero a ese mismo pueblo hoy
- se les caen sus casas sobre las cabezas cuando llueve un poco,
- se le detiene cuando sus viejitos venden maní o caramelos para engrosar un poquito sus magras jubilaciones que no les da ni para comer quince días,
- se le destruye su industria azucarera, otrora gloria de todos los cubanos,
- se le exige un permiso especial de salida para poder visitar a sus familiares en el extranjero,
- se le obliga a pagar de nuevo una casa que ya pagó si alguien la abandona con carácter definitivo (al extranjero) una casa que ya era de su propiedad.
- se le oscurece el futuro para sus jóvenes en el país,
- se le ha retirado la propiedad sobre sus cosas más elementales, como la vivienda, una vaca o un auto,
- se le dice en la Constitución que cualquier opinión contra los que dirigen o contra el sistema es castigable severamente, y de esa manera, se expulsa del Partido a los militantes que ejercen “su derecho a la crítica”,
- se le estafa autorizadamente cuando se le vende un par de zapatos en las tiendas estatales a precios supercaros que se rompen al día siguiente, en la segunda o tercera puesta,
- se le responde con el silencio administrativo, ignorando el derecho constitucional ciudadano de elevar quejas y peticiones a las autoridades y de recibir las respuestas pertinentes en los plazos establecidos por la Ley,
- se le disciplina a palos a la menor oportunidad como pasó con los jugadores de los Industriales en la zona central del país.
Y no seguiré. No es necesario.
Pero, al parecer, para los que visitaron a Luis Cino, nada de lo anterior tiene que ver con el malestar del pueblo y su propensión a no obedecer un orden que lo ahoga cada vez más, sino que es Cino, quien al escribir esas cosas, exhorta a la desobediencia.
Todavía recuerdo las enseñanzas de la filosofía marxista y sus criterios sobre las “condiciones objetivas”…El más del millón de trabajadores a desemplear y el malestar que eso ya genera, ¿es culpa también de la instigación de Cino?
Todo lo anterior, que se torna material inflamable en un país donde el gobierno sabe que debe hacer cambios pero que no los hace por el temor a perder el poder, subyace alrededor y pudiera estallar en un incendio sin paralelo en cualquier momento…Pero la culpa no será jamás de la tenue llamita de los escritos de Cino ni de ningún otro.
La imputación de la Historia, que no va a absolver a nadie, corresponderá a los que con su miopía y prepotencia extraordinarias, regaron las toneladas de gasolina para el desastre y a los que prefirieron, en su idolatría sumisa, perseguir a los que sólo tienen por armas su razón.
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